El referente de la Trova Rosarina encabezó el viernes en Gallery Coliseo un encuentro del que participaron músicos, escritores, docentes y personas interesadas en el mundo de la composición. Antes de la actividad, habló con este medio sobre el arte de escribir canciones, el valor de la colaboración y el presente del género.
En un clima de intercambio cercano, el viernes pasado se desarrolló en Villa Constitución el “Laboratorio de Canciones” de Adrián Abonizio, una propuesta impulsada por el Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe que ya recorrió varias localidades santafesinas y que llegó a la ciudad con la invitación del Centro de Estudios y Participación Social (CEPS) y la sala Gallery Coliseo como anfitriona.
La jornada comenzó con palabras de bienvenida a cargo de Gonzalo Cristini, presidente del CEPS, y Leo Sosa, coordinador de Gallery Coliseo, quienes destacaron la importancia de recibir una iniciativa de estas características y valoraron la apertura del espacio para actividades culturales abiertas a la comunidad.
Durante casi tres horas, el autor de “El Témpano”, “Dios y el Diablo en el taller” y “Mirta, de regreso” compartió en vivo su proceso de composición, las dificultades y los hallazgos que aparecen en el camino de escribir canciones, y respondió consultas de los participantes. La actividad, libre y gratuita, reunió a músicos formados, escritores, docentes y vecinos que se acercaron por curiosidad al mundo de la composición musical.
“Nadie sale solo de esto”
Antes del encuentro, Abonizio dialogó con este medio sobre el sentido de la propuesta: “Este es un acuerdo que hicimos con gente de Cultura de Santa Fe para hacer un laboratorio de canciones. En módicas tres horas no se puede hacer mucho, entonces yo trato de comprimirlo, de mostrar en vivo cómo se compone, qué errores tenés, qué virtudes podés buscar que a lo mejor no tenías”.
Consultado sobre la respuesta del público, señaló: “Es buena, es buena. Son tres horas que tienen que dar como una especie de catecismo elemental de las cosas que todos estamos pasando. Toda la gente que se acerca o son poetas, o son poetisas, o son músicos”. Y agregó: “Yo siempre digo que no soy músico, que hago canciones, que es distinto. Respeto mucho a la gente que ha estudiado música. Yo me hice como a los ponchazos y más o menos fui descubriendo las alternativas para hacer canciones, para vivir de ellas y para buscar la vuelta, porque no te enseña nadie a hacer canciones”.
En ese sentido, insistió en la necesidad de romper con la idea del artista aislado: “Lo principal es que nadie sale solo de esto. Hay que buscar colaboración con otra gente: si uno sabe mucha música y no puede expresar una idea, hay que buscar gente que tenga más ideas en poesía y hacer un mix. No hay un club ni una escuela que te guíe en eso. Es una experiencia personal, pero no tiene que ser personalísima”.
“Para el momento de pulir está bien la soledad, pero antes uno tiene que ser una persona dispuesta a vivirse con colegas, a leer mucho, a intercambiar ideas. Si no, no avanza esto. Y dicho casi metafóricamente: robar. Uno aprende cosas robando ideas de los otros, porque ya transitaron un camino bueno. Algunos le llaman influencia; yo le llamo robar, que es más simpático”, planteó.
Una generación de luces
Consultado por su lugar en la Trova Rosarina y por la efervescencia cultural de aquella época, Abonizio fue modesto: “Yo nunca me di la altura o la dimensión de lo que estábamos haciendo. Uno vivió una época donde parecía que se terminaba una forma del mundo planificada y casi militarizada, y parecía que empezaba una generación de luces que iban a acabar con la sombra. Fue un destello que vivimos y que nos sirvió para decir: por este lado es y somos esto”.
Y reflexionó sobre su posición como autor: “Yo digo: soy esto y acá no me muevo. Como veo al mundo, que cada día está peor, pero no es problema mío: yo no lo hice al mundo. Pero ya que estoy en el mundo tengo que vivir dando notas de lo que veo, y no hay que decaer. El mundo tiene tendencia a que primero te olvides de quién fuiste, y segundo a amortiguar la pena y dejar de sentir interés por ser crónica de lo que está pasando”.
El presente de la canción
Sobre el estado actual del género, el compositor fue crítico: “Ahora la canción, como nosotros la concebimos, está como desaparecida, porque nadie quiere escuchar una historia. Te obligan a estar con el culo inquieto todo el tiempo, no te podés concentrar. Lo nuestro es para escuchar. Si querés bailar, bailá, pero es para contar una historia. No creo que vayan a acabar con nosotros, porque siempre va a haber alguien necesitado de escuchar y alguien necesitado de crearlas”.
“La canción nuestra está pasando por un declive, pero no es culpa nuestra ni de la gente: es culpa de que la quieren someter. Hay un plan de alguna forma mundial; en lo nacional se ve que toda la música es igual, todo repetido. Ante esa estupidez, uno tiene que tener la visión de que el bolsillo puede estar flojo, pero las ideas no se cambian, se van renovando. Y la canción es eterna, porque es eterna también la comunicación”, afirmó.
Un mensaje para los artistas de la ciudad
A modo de cierre, Abonizio dejó un consejo para los músicos y artistas de Villa Constitución y la zona: “Repito lo que nosotros vivimos en Rosario: estar juntos, porque solo no se va a ningún lado. Hay un montón de soledades en distintos lugares de una ciudad, un pueblo, una villa, que están pasando lo mismo que vos. Nosotros en Rosario eso lo resolvimos porque nacimos en una época que no había casi televisión: llegaba la hora del atardecer, uno estaba angustiado porque se sentía solo, y te dabas cuenta de que a tres cuadras había alguien con una guitarra. Armar comunidades, armar grupos, intercambiar ideas, aprender a romperse los dedos, a sangrar por una idea”.
“En épocas de guerra o de COVID, o lo que sea, siempre hay una salida para prepararse para la batalla de todos los días, en la que uno se tiene que demostrar que no abandonó el barco”, concluyó.

