“El origen mágico” reconstruye la saga de los Yovanovich, con Mateo, de quince años, interpretando a su abuelo Jorge en el momento en que fundó la compañía. El show se puede ver en la gran carpa castillo ubicada en el Paseo Libertad.
Hay algo que sucede cuando Jorge Yovanovich cuenta la historia de su familia. Sus hijos lo escuchan y piensan que es material de película. Ahora esa sensación se sube a una pista de circo: en “El origen mágico”, Mateo, de quince años, interpreta a su propio abuelo en el momento en que decidió, en 1993, separarse del circo familiar y fundar el suyo. No es una obra de teatro ni una comedia musical. Es el recorrido de los Yovanovich contado con los recursos del circo, con más de cincuenta artistas en escena entre bailarines, gimnastas y artistas circenses de cuna.
El espectáculo se estrenó el viernes pasado en el Paseo Libertad (Bv. Oroño al 6000, a metros del Casino), con la característica carpa castillo de Servian. Se podrá ver los jueves y viernes a las 20.30, y los sábados y domingos a las 17.30 y 20.30. Las entradas se adquieren por ServianTickets. Antes de llegar a Rosario, la puesta ganó los premios Estrella de Mar 2026 a Mejor espectáculo, Mejor coreografía y Mejor vestuario, y completó una temporada exitosa en Buenos Aires.
La decisión de contar su historia tuvo un motivo concreto. “A lo largo del tiempo fuimos haciendo espectáculos de diferente tipo y sentíamos que nos estábamos enfocando en el público más adulto, con show de mucho impacto. Entonces quisimos recuperar al público tradicional del circo, que son las familias completas”, explicó Cristian, hijo de Jorge. “¿Qué mejor que contar nuestra propia historia, esa que siempre que mi papá nos cuenta nos parece de película?”, agregó.
Esa historia arranca lejos, en Yugoslavia. Hace más de cien años, el bisabuelo, la bisabuela y el abuelo de Jorge migraron y llegaron en barco. Recorrieron varios países de América hasta radicarse en Argentina. Allí compraron carros y caballos y salieron a trabajar de pueblo en pueblo, como la familia sigue haciendo hasta hoy. Con el tiempo llegó la primera carpa, pequeña, y la actividad se transmitió de padres a hijos. “Mi abuelo era experto en enseñar animales. Hacían espectáculos en la calle y pasaban el sombrero”, contó Jorge. “Nosotros seguimos ese legado hasta llegar a la sexta generación de cirqueros en la familia”.
Las familias se agrandaban tanto que se formaban nuevos circos. Eso pasó con Jorge en 1993, cuando reunió a sus hijos y les anunció que arrancaban con una compañía propia. “La filosofía de mi padre siempre fue ganar diez pesos e invertir veinte”, recordó Cristian. “Por eso hoy Servian está, humildemente, a la altura de los mejores circos del mundo”. Para él, el desafío excede lo artístico: “Es un circo atípico para Sudamérica, pero seguimos haciendo fuerza para llevar este nombre y este sueño al nivel que ya nos precede”.
Rosario ocupa un lugar particular en esa memoria. En 1987, el padre de Jorge eligió la ciudad como sede permanente del circo. “Él amaba este lugar y nosotros veníamos de chico a verlo. Por eso para nosotros volver a Rosario siempre es muy emocionante”, dijo Cristian. “Siempre nos dan nervios los estrenos, pero este en especial porque tiene que ver con homenajear esa historia y todo el aprendizaje que han dejado a tantas generaciones”. Ese vínculo se prolonga más allá del espectáculo: Jorge decidió enterrar en el Cementerio La Piedad a su padre, a su madre —oriunda de Arteaga, Santa Fe— y a su hermano mayor Juan Carlos, asesinado en 1997 en San Juan durante un intento de robo a la boletería del circo.
Mateo, que nació en Rosario por las propias vueltas de la vida nómade, es el encargado de encarnar esa memoria sobre el escenario. “Hay muchas historias que no conocía de mi abuelo y son realmente increíbles. La gente a veces no las cree. Es muy emocionante porque de alguna forma en el show reflejamos el esfuerzo y el sacrificio que hizo para conseguir todo lo que tiene ahora”, afirmó. Su presente artístico también incluye un paso por el teatro comercial: estuvo mucho tiempo en el Gran Rex haciendo “Matilda” y vivía en un departamento. “Para mí fue raro, me sentía incómodo. Llamaba todo el tiempo a mi papá y a mi mamá porque ellos estaban con el circo”, contó.
Su padre creyó que se quedaría en Buenos Aires. “Ya lo habían convocado para seguir en ese camino del teatro. Yo creí que se iba a quedar estable, pero le tiró más el circo, su casa, su ambiente”, dijo Cristian. “La vida de un nene de circo es muy sana, sobre todo si es en familia. Nosotros tratamos de que sea un lugar de compañerismo, disciplina y armonía, porque eso también se traslada al espectáculo”.
La vida itinerante cambió con las décadas. “Antiguamente era una vida más sacrificada aún. Ahora tenemos casas rodantes que son como departamentos, con calefacción. Mi abuelo tenía carpas tipo de campaña, de lona, que en la jerga circense se llaman camarines. Tenían que hacer canaletas para que no se inunden, viajaban con baúles”, recordó Cristian. Jorge sumó su propia experiencia: “Trabajábamos bajo el agua, el frío, el calor. Teníamos tráilers de tres metros sin ninguna comodidad, sólo para bañarse y acostarse”.
Pese a esas condiciones, ninguno imagina otra vida. “En el circo se aprenden muchos oficios y podríamos trabajar estables de otras cosas. Pero si nos vamos del circo nos morimos”, aseguró Cristian. “La disciplina del circo es tan antigua como el hombre, por eso poder llevar esto de generación en generación es muy lindo”, cerró.

