fabrica

La Argentina bifurcada: dólares sin empleo, empleo sin futuro | por Alejandro Iuliani

Actualidad Opinión

El relato oficial insiste en que estamos atravesando una “transición necesaria”. Una fase de sacrificio donde, tras décadas de distorsiones, la apertura comercial y la estabilización monetaria sentarán las bases para un nuevo crecimiento. Sin embargo, al observar los datos que emergen del tejido productivo y social, no se vislumbra una transición ordenada hacia un nuevo equilibrio, sino el surgimiento de una economía profundamente bifurcada, cuyas dos mitades parecen hablar idiomas distintos y marchar en direcciones opuestas. Esta es la gran contradicción del modelo.

Por un lado, tenemos a los sectores “ganadores”. Aquellos que generan dólares: la minería, el agro y, sobre todo, el complejo energético de Vaca Muerta. Su desempeño es la buena noticia macroeconómica, el ancla que evita un naufragio mayor. Neuquén, impulsada por la actividad no convencional, es la provincia que más empleo registrado generó, aunque su magnitud (7.000 puestos) palidece ante la hemorragia de decenas de miles de empleos industriales en Santa Fe, Buenos Aires o Córdoba. El problema estructural es que estos sectores son intensivos en capital y tecnología, pero no en mano de obra. Tienen pocos eslabonamientos “hacia atrás” (no demandan una industria proveedora local robusta) y “hacia adelante” (exportan commodities, no productos elaborados complejos). Generan divisas, sí, pero no absorben a los miles de trabajadores desplazados de otros rincones de la economía.

Esto nos lleva a la otra cara de la moneda: los sectores “perdedores”, principalmente la industria manufacturera local que compite con las importaciones. La apertura comercial, descrita en el discurso oficial como un camino hacia la eficiencia y el bienestar del consumidor, se topa con una realidad brutal: el mundo no juega con las reglas de los manuales de teoría económica pura. No competimos con economías de similar desarrollo, sino con la sobreoferta de potencias como China o Vietnam, donde el capitalismo de Estado subsidia costos, los salarios son una fracción de los nuestros y las condiciones laborales son incomparables. La idea de que un trabajador metalúrgico de Villa Constitución, tras perder su empleo en una fábrica o taller, podrá “mudarse a Vaca Muerta” o reconvertirse mágicamente a un servicio de alta productividad es, como se señaló, un espejismo técnico y social.

El resultado de esta colisión no es solo una estadística de desempleo que, por ahora, se mantiene a raya gracias a un fenómeno más profundo: la gran precarización. Aquí es donde la teoría de la “transición” se desvanece. Los empleos industriales que se destruyen no se transforman en nuevos puestos de calidad. Se convierten en lo que los economistas llaman, con un eufemismo revelador, “estrategias de refugio”. El monotributo social y masivo se dispara. Las calles se llenan de personas transportando gente o paquetes, ofreciendo servicios personales. El INDEC los cuenta como ocupados, incluso como sobreocupados por sus extenuantes horas. Pero la verdad se encuentra en el bolsillo: esos ingresos están entre un 20% y 30% por debajo del salario formal perdido. No es una transición; es un subempleo masivo que disfraza la emergencia social y erosiona la base impositiva y la capacidad de consumo a largo plazo.

Ante este panorama, la ausencia de una política industrial pragmática y moderna resulta desconcertante y peligrosa. Se actúa bajo un dogma de apertura que ni siquiera las potencias que lo pregonan aplican a rajatabla. Estados Unidos, bajo Biden y ahora Trump, administra su comercio con ferocidad, consciente de que importar bienes ultra-baratos es, en el largo plazo, importar desempleo y desindustrialización. Mientras el gobierno argentino celebra acuerdos para importar más manufacturas asiáticas, sus socios comerciales se protegen. El desafío no es volver al proteccionismo cerrado e ineficiente de antaño, sino diseñar reglas del juego inteligentes que, reconociendo las asimetrías globales, preserven núcleos estratégicos de empleo y conocimiento, y fomenten encadenamientos productivos alrededor de los sectores exportadores.

La Argentina se está partiendo en dos: un enclave moderno y globalizado que genera dólares pero no empleo, y una periferia económica de servicios de subsistencia y con una industria acorralada que genera empleo pero se ahoga sin competitividad. Ignorar esta fractura, confiando en una “maleabilidad” milagrosa de la economía real, no es solo un error teórico. Es el germen de un espiral descendente donde la estabilidad macroeconómica, ganada con tanto esfuerzo, podría naufragar en el malestar social de una sociedad que ve esfumarse, junto con su empleo, su futuro. La receta del éxito no puede ser la lenta agonía de una mitad del país.


Alejandro Iuliani es periodista, actor y director teatral; editor del diario digital El Tigre de Papel y director de Radio X, de Villa Constitución (Santa Fe), emisora integrante de Cadena Regional.