La presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora murió este domingo a los 95 años en el Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires. Su hijo Alejandro fue secuestrado en 1975 y nunca apareció; desde entonces, Taty se convirtió en una de las voces más emblemáticas del movimiento de derechos humanos.
Lydia Estela Mercedes Miy Uranga, para el mundo Taty, presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, falleció este domingo a los 95 años en el Hospital Italiano. Deja un legado de lucha incansable que comenzó una tarde de junio de 1975, cuando su hijo Alejandro salió del departamento familiar en Palermo y nunca regresó.
Fue el amor por ese hijo, militante del PRT-ERP, lo que la transformó en una de las voces más reconocibles del movimiento de derechos humanos argentino. Ese mismo amor la mantuvo, hasta el último de sus días, viviendo en el mismo departamento desde el cual lo vio partir. Allí, entre esas paredes, Taty guardaba los poemas que él había escrito a escondidas y que ella, mucho después del secuestro, encontró en una agenda y decidió publicar bajo el título Alejandro, por siempre amor.
“Gracias por enseñarnos que amar es resistir”
La noticia de su muerte se difundió a través de las cuentas oficiales de la asociación que presidía, en un comunicado que evitó los formalismos fríos para dar paso a la emoción contenida. “Las palabras no alcanzan, se nos quedan cortas, se nos hace un nudo en la garganta”, comenzaba el texto.
El mensaje desgranaba los rasgos que sus compañeras y las nuevas generaciones de militantes atesorarán de Taty: “Gracias por tu compromiso, por tu militancia, por tu ternura y por cada palabra que siempre será un refugio y un abrazo. Gracias también por esa capacidad tan tuya de hacer más livianos los momentos difíciles sin perder nunca la profundidad de tus convicciones. Nos enseñaste que la lucha también puede abrazarse con alegría”.
La despedida incluyó una promesa explícita: “Cuidaremos tu memoria y la de Alejandro, llevando tu legado a cada rincón. Y cada vez que alcemos la voz por los 30.000, también te haremos presente”.
De la búsqueda solitaria a la organización colectiva
Taty no supo de la militancia de su hijo hasta después de su desaparición. Buscando entre sus pertenencias, con la desesperación de quien no entiende la situación, encontró una agenda con detalles de su actividad política en el ERP-22 de Agosto. También halló 24 poemas que él nunca le había mostrado.
A partir de 1979, ese dolor íntimo se transformó en acción colectiva: se sumó a las Madres de Plaza de Mayo. En 1986, cuando el movimiento se partió, eligió integrar la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y se mantuvo fiel a la consigna de aparición con vida. Con la muerte de Nora Cortiñas en 2024, Taty asumió la presidencia de esa línea, un cargo que ejerció hasta sus últimos días.
En abril pasado, la Universidad de Buenos Aires le otorgó el título de doctora honoris causa. Taty recibió la distinción emocionada, acompañada por su hija Fabiana y sus nietos. En ese acto, como en tantos otros, combinó la solemnidad de la causa con la calidez que la caracterizaba. Quienes la conocieron coinciden: podía hablar de lo más duro sin perder la ternura.
Un legado que trasciende generaciones
Desde la organización destacaron en su despedida una cualidad que pocos referentes históricos logran encarnar: la capacidad de caminar junto a los más jóvenes. “Con una generosidad inmensa abriste caminos, supiste construir puentes, sembrar compromiso y hacernos parte de una causa colectiva mucho más grande que uno mismo”, señalaron.
El comunicado finalizó con una serie de promesas que resumen lo que Taty Almeida representó para el movimiento de derechos humanos: “Seguir contando la historia para que nunca vuelva a repetirse; seguir gritando bien fuerte que ‘Nunca Más’; defender la memoria, la verdad y la justicia como vos nos enseñaste”.
Taty no pudo encontrar a su hijo, como tanto quiso. Tampoco pudo saber qué hicieron con él después del secuestro. Pero se llevó con ella la certeza de haber convertido su dolor personal en una bandera colectiva. Su pañuelo blanco seguirá siendo un emblema en cada ronda de los jueves.

