Todos los días observamos con preocupación cómo vehículos estacionados obstruyen sistemáticamente las rampas en esquinas, dificultando el tránsito seguro de personas con movilidad reducida y afectando su autonomía en el espacio público.
La obstrucción de rampas de acceso en las esquinas de la ciudad por vehículos mal estacionados ya se convirtió en una imagen recurrente. Esta práctica, lejos de ser un hecho aislado, configura una barrera que impacta directamente en la vida diaria de personas con movilidad reducida.
Para quienes dependen de una silla de ruedas, un andador o circulan con un coche de bebé, estas rampas representan el único punto seguro y practicable para descender del cordón hacia la calzada. Cuando un auto las ocupa, la alternativa es buscar otro paso, muchas veces inexistente, o arriesgarse a realizar una maniobra peligrosa por un cordón sin adaptar, con el consiguiente riesgo de caídas o accidentes.
La problemática adquiere mayor gravedad al considerar que las veredas no siempre están en el mejor estado en nuestra ciudad. El bloqueo de uno de estos pocos puntos accesibles convierte un trayecto simple en un obstáculo difícil de sortear, vulnerando el derecho a la libre circulación y a la autonomía personal.
Más allá de la infracción de tránsito que representa, el estacionamiento sobre rampas evidencia un desafío de convivencia y empatía en el espacio compartido. Respetar estos espacios no es solo una cuestión legal, sino un acto de solidaridad que hace de la ciudad un lugar más inclusivo y seguro para todos sus habitantes.

