Menos hijos, más longevidad: el desafío de adaptar la sociedad a un nuevo ritmo humano

Opinión

por Alejandro Iuliani

Un fantasma recorre el mundo, pero no es el de las revoluciones del siglo XIX. Es silencioso, se mueve a cámara lenta y redibuja la arquitectura misma de nuestras sociedades. Es el espectro del invierno demográfico, un fenómeno global que está transformando la clásica pirámide poblacional —ancha base de jóvenes, cima estrecha de ancianos— en una figura cada vez más rectangular, donde las generaciones conviven en proporciones similares y la base, la de los niños, se angosta de manera preocupante.

Argentina no es una isla. Por el contrario, es un caso de estudio de manual. En apenas una década, los nacimientos se desplomaron alrededor de un 40%. La tasa de fecundidad, ese número clave que indica cuántos hijos tiene en promedio una mujer, ronda aquí el 1,5, muy por debajo del 2,1 necesario para que una población se renueve a sí misma sin decrecer. Compartimos este rumbo acelerado con vecinos como Uruguay y Chile, y nos asimilamos a realidades europeas que creíamos lejanas.

¿Qué fuerza poderosa está detrás de esta caída? Contra la intuición popular, los economistas y demógrafos señalan que no es únicamente —ni principalmente— la coyuntura económica. Es un terremoto de causas culturales y sociales. Las mujeres, protagonistas plenas del mercado laboral y con una mayor educación, enfrentan una ecuación casi imposible: carrera versus crianza, en sociedades que ofrecen redes de cuidado débiles y exigencias altísimas. El “reloj biológico” choca con el “reloj profesional” y, en muchos casos, gana la precariedad. Como señalan los expertos, la caída se da sobre todo en el “margen extensivo”: la decisión de tener ese primer hijo. Se pospone tanto que, a menudo, biológica y mentalmente, se termina posponiendo para siempre.

Las consecuencias de este rectángulo poblacional son profundas y resuenan en todos los aspectos de la vida común. En lo económico, una fuerza laboral que se reduce presiona hasta el quiebre los sistemas de seguridad social, diseñados para otra era. ¿Quién pagará las pensiones de una generación que vive más y mejor, pero que se retira mientras hay menos manos jóvenes trabajando? La salud pública se enfrenta a otro desafío monumental, ya que el costo de tratar enfermedades complejas de la longevidad se dispara. Paradójicamente, este nuevo paisaje también genera mercados florecientes: desde urbanizaciones para la tercera edad hasta una industria que, con menos glamour, redirige sus inversiones de los pañales para recién nacidos a los dispositivos para la incontinencia adulta.

Curiosamente, gran parte de los factores detrás de esta baja son, en sí mismos, progresos sociales deseables: la dramática reducción de embarazos adolescentes, el acceso a educación sexual y reproductiva, la ampliación de derechos y proyectos de vida para las mujeres. El problema no es que la gente no quiera tener hijos; la evidencia muestra que existe una brecha dolorosa entre el número de hijos deseado y el que efectivamente se tiene. La “crisis” no es de deseo, sino de condiciones.

Mientras tanto, en el debate público, este huracán demográfico compite por atención con otros meteoritos de nuestro tiempo: la inteligencia artificial y el cambio climático. El futurista Marcelo Rinesi lo llama la “maldición de los problemas que son rápidos y lentos a la vez”: avanza con una lentitud que adormece la urgencia política, pero sus efectos acumulativos son inexorables y transformadores. Mientras nos fascinamos con los agentes autónomos de IA, como anticipa el tecnólogo Kevin Kelly, se avecina un “gran traspaso económico” donde el crecimiento dependerá menos de los que nacen y más de los que son construidos o programados.

La adaptación es el imperativo. No se trata de impulsar campañas natalistas coercitivas o de clamar por un retorno imposible al pasado. Se trata de construir sociedades que no penalicen la crianza. Esto implica repensarlo casi todo: desde licencias parentales extensas y equitativas, y jardines maternales accesibles, hasta ciudades amigables con los ancianos, mercados laborales que integren a los mayores de 60 y sistemas previsionales sostenibles. El desafío no es tener más hijos por mandato, sino permitir que quienes los deseen puedan hacerlo sin que ello signifique un sacrificio desproporcionado.

La pirámide se aplanó. La figura que emerge, ese rectángulo inédito en la historia humana, nos interpela a reinventar el contrato social. Es una transición lenta, pero su rumbo es claro. Ignorarla por su falta de espectacularidad inmediata es construir el futuro sobre arena.

La tarea no es detener el cambio, sino edificar, con previsión y empatía, las instituciones capaces de contener esta nueva forma de sociedad.


Alejandro Iuliani es periodista, actor y director teatral; editor del diario digital El Tigre de Papel y director de Radio X, de Villa Constitución (Santa Fe), emisora integrante de Cadena Regional.