Messi se fue de la Selección y con él se va una parte de nosotros | por Diego Mussetta

Actualidad Opinión

Lionel Messi jugó por última vez con la camiseta de la Selección argentina. Después de 21 años, el rosarino cerró una historia que empezó cuando era apenas un pibe que entraba a una cancha con una camiseta celeste y blanca demasiado grande para todo lo que vendría después.

Y quizás por eso cuesta tanto escribir estas líneas. Porque Messi no fue solamente un futbolista de la Selección. Messi fue parte de nuestras vidas.

Fue ese chico que apareció en 2005 y que, casi de inmediato, nos hizo pensar que estábamos frente a algo distinto. Fue el que vimos crecer, equivocarse, perder, llorar, levantarse, volver a intentarlo.

Fue nuestro. Y también fue, durante demasiado tiempo, el que tuvo que dar explicaciones por no ganar. Qué injusto puede ser el fútbol.

Durante años le pedimos a Messi que fuera Maradona. Que repitiera una historia que no podía repetirse. Que ganara solo lo que se gana en equipo. Que cargara con nuestras frustraciones. Que explicara cada final perdida. Que transformara cada derrota en una deuda personal.

Y él siguió. Volvió una y otra vez. Incluso cuando dijo que no quería volver. Incluso cuando algunos creyeron que la historia estaba terminada. Incluso cuando el dolor de perder una final parecía demasiado grande.

Hasta que llegó 2021. Y llegó el Maracaná. Y después Wembley. Y después Qatar. Y después esa noche eterna en Lusail que todavía cuesta creer que haya ocurrido.

Y entonces entendimos algo. Messi no necesitaba ser Maradona. Messi necesitaba ser Messi. Y cuando pudo serlo completamente, cuando encontró una Selección que lo acompañó, que lo entendió y que lo abrazó como líder, llegó todo aquello que durante tantos años parecía imposible.

La Copa América. La Finalissima. El Mundial. Otra Copa América. Y después otro Mundial, otra final, otra página enorme en una historia que ya era imposible de agrandar.

La propia AFA resume su recorrido en números que parecen inventados: 207 partidos, 125 goles y seis Mundiales.

Pero hay cosas que ningún número puede contar. No puede contar el abrazo con Di María. No puede contar la mirada de Messi después de perder la final de 2014. No puede contar aquel silencio después de Chile. No puede contar el grito del Maracaná. No puede contar el abrazo con Scaloni. No puede contar la caminata hacia la Copa del Mundo. No puede contar lo que sentimos millones de argentinos cuando finalmente lo vimos levantarla.

Porque Messi no solamente ganó títulos. Nos hizo atravesar emociones. Nos acompañó durante 21 años. Cambió entrenadores, compañeros, generaciones, camisetas, estadios, países y hasta nuestra propia manera de mirar fútbol.

Los que hoy tenemos hijos vimos a Messi mientras nuestros hijos crecían. Los más chicos no conocen una Selección sin Messi. Para ellos, Messi siempre estuvo. Como estuvo para nosotros Maradona. Y ahí está, quizás, una de las dimensiones más impresionantes de lo que acaba de terminar. Hay chicos que de ahora en más van a mirar a la Selección y van a descubrir que el número 10 ya no está. Que el capitán ya no va a entrar más por ese túnel. Que ya no habrá que esperar el momento en que reciba la pelota cerca del área para pensar que algo extraordinario puede suceder. Pero también van a tener algo que nadie podrá quitarles: haber vivido la era Messi.

Y nosotros, los que vimos todo el recorrido, tenemos otra certeza. Vimos a un chico de Rosario convertirse en campeón del mundo. Eso no es poca cosa.

Por eso hoy no quiero quedarme solamente con los títulos. Quiero quedarme con el camino. Con el Messi que perdió. Con el Messi que fue cuestionado. Con el Messi que alguna vez pensó que no podía más. Con el Messi que volvió. Con el Messi que aprendió a ser capitán. Con el Messi que entendió que no tenía que parecerse a nadie. Con el Messi que finalmente pudo mirar a todos desde arriba, pero que nunca dejó de jugar como aquel chico que alguna vez soñó con vestir la camiseta argentina.

Hace unas semanas, cuando anunció su decisión, escribió algo que hoy adquiere otra dimensión: “Amo, amé y amaré siempre estar en la Selección”. Y también dijo: “Me voy con la tranquilidad y el orgullo de haberles regalado, junto con mis compañeros, momentos soñados”.

Creo que ahí está todo. Porque quizás eso sea lo más grande que nos deja. Los momentos soñados. Nos regaló una generación de recuerdos que vamos a contar toda la vida.

Dónde estábamos cuando ganó la Copa América. Con quién vimos la final del Mundial. Qué hicimos después de ese penal. Cómo gritamos aquel gol. Con quién nos abrazamos. Qué pasó en Rosario. Qué pasó en cada plaza, en cada club, en cada barrio. Porque el fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de convertir una jugada en memoria. Y Messi convirtió miles de jugadas en memoria colectiva.

Por eso hoy duele. Duele porque se termina una costumbre. Duele porque durante 21 años hubo una certeza: cuando Argentina jugaba, Messi estaba. Desde hoy eso ya no existe. Pero también hay que saber despedir. Y quizás la mejor manera de hacerlo sea simplemente decir gracias.

Gracias por haber elegido siempre la celeste y blanca. Gracias por haber vuelto después de cada golpe. Gracias por habernos hecho discutir, sufrir, llorar y abrazarnos. Gracias por habernos hecho creer. Gracias por haber llevado el nombre de Rosario por el mundo. Gracias por haber demostrado que también desde una ciudad del interior, desde un barrio, desde una familia, desde un sueño que parecía demasiado grande, se puede llegar hasta la cima.

Hoy se fue el Messi de la Selección. El que empezó siendo un pibe. El que terminó siendo capitán. El que se fue campeón. El que convirtió el número 10 en una parte de nuestra identidad.

Y mientras escribo esto pienso que quizás dentro de muchos años alguien nos pregunte cómo fue verlo jugar con Argentina. Y vamos a tener que explicarles. Vamos a intentar contarles los goles. Las copas. Los récords. Las finales. Las lágrimas. El Mundial. Pero probablemente no alcance. Porque habrá algo que solamente podremos decir nosotros: “Yo lo vi”.

Yo vi jugar a Messi con la camiseta argentina. Y eso, para quienes tuvimos la suerte de vivir estos 21 años, será para siempre una de las formas más lindas de decir que fuimos parte de una época irrepetible.

Gracias, Leo. Rosario te vio nacer. Argentina te vio convertirte en leyenda. Y ahora, aunque la camiseta 10 quede esperando a otro, hay algo que no cambia: esa camiseta ya tiene dueño para siempre.


Artículo publicado originalmente en Con La Gente – CLG Noticias