Hay una explicación que se repite hasta el hartazgo: Milei ganó porque la gente está enojada con la “casta”. Esa bronca existe, es real. Pero si nos quedamos ahí, si pensamos que todo se reduce a un ajuste de cuentas emocional, entonces estamos comprando el cuento de que la política se resuelve con frases simples y explicaciones de café.
Porque esa bronca no nació de la nada. Viene de décadas de crisis, de un modelo que nos dejó con el peso licuado, el salario roto, la deuda externa como herencia perpetua y una clase política que pocas veces estuvo a la altura de las circunstancias. Ese es el terreno fértil. Pero lo que hizo Milei no fue simplemente “expresar” ese malestar. Lo que hizo fue dirigirlo. Y para eso no alcanza con la motosierra de la tele y las redes sociales.
La motosierra es un símbolo genial: promete cortar el Estado, cortar los privilegios, cortar con la política. Pero la realidad es otra. El gobierno de Milei no redujo el Estado: lo está usando con una ferocidad que pocos gobiernos liberales se animaron a mostrar. Gobierna por decreto, persigue la protesta social con el protocolo antipiquetes, y mientras tanto le transfiere recursos a los grandes inversores con un régimen de beneficios fiscales que no tiene nada de “anarquista”.
Ahí está la contradicción que no se quiere ver. El anarcocapitalismo de los discursos es puro marketing. Lo que funciona es un Estado fuerte para disciplinar al trabajo, para licuar los ingresos de los jubilados, para ponerle un candado al Congreso o convertirlo en un prostíbulo. Y ese Estado, por supuesto, es el mismo que necesita el capital para garantizar sus negocios.
Por eso la guerra cultural no es un desvío menor. Cuando Milei le declara la guerra al “feminismo”, a la “ideología de género”, al “socialismo”, no está haciendo un berrinche ideológico. Está cumpliendo una función muy concreta: desplazar el conflicto. Porque si logra que la bronca se dirija contra “los progres”, contra “los zurdos”, contra los que piden derechos, entonces la discusión de fondo queda afuera.
¿Cuál es esa discusión de fondo? Que el salario no alcanza porque la deuda externa condiciona cada decisión económica. Que los alquileres se comen el sueldo porque la vivienda se convirtió en un negocio financiero. Que los jóvenes no tienen futuro no porque los “viejos” de la política sean unos inútiles, sino porque el modelo económico premia la especulación y castiga el trabajo.
Pero en lugar de eso, nos instalan la grieta cultural. Te hacen creer que el enemigo es el que milita en un centro de estudiantes, no el que especula con el dólar. Te convencen de que el problema es “la casta”, pero la casta sigue intacta: los mismos gobernadores a los que el Presidente insultaba hoy negocian presupuesto, los mismos empresarios concentrados festejan el RIGI, los mismos fondos de inversión cobran su tasa.
Lo que estamos viviendo no es un fenómeno espontáneo. Es parte de una ola global que viene a resolver una crisis del neoliberalismo. Cuando el modelo ya no podía sostenerse con promesas de bienestar, empezó a endurecer la forma política: más represión, menos derechos, y una cortina de humo cultural para que no nos preguntemos quién gana con cada ajuste.
En Argentina eso se viste con campera de cuero y jerga libertaria, pero el libreto es el mismo que en otros lugares: desregulación para el capital, disciplina para los de abajo, y un culto a la “libertad” que siempre termina siendo la libertad de unos pocos para decidir sobre la vida de muchos.
La pregunta no es si Milei es o no es anarcocapitalista. Es un rótulo que importa poco. La pregunta es si vamos a seguir discutiendo en el terreno que él elige —el de las batallas culturales, los agravios identitarios, las frases virales— o si vamos a poner sobre la mesa lo que realmente está en juego: el modelo económico, la distribución del ingreso, el rol del Estado, la deuda externa.
Porque mientras debatimos si la ESI es “adoctrinamiento” o si existe la “ideología de género”, se licúa el presupuesto universitario. Mientras nos enojamos con un ministro por una frase, se firman contratos que comprometen los recursos del país por décadas.
La bronca con la casta fue el motor electoral. Pero gobernar es otra cosa. Y gobernar, en este caso, es llevar adelante un plan que no tiene nada de improvisado: es el mismo programa de ajuste, endeudamiento y concentración económica que ya conocemos, solo que ahora con un ropaje más agresivo y una ofensiva cultural para que no miremos al costado.
Si algo nos enseñó el ciclo de crisis que tuvo su momento más crudo en el 2001 —con las plazas llenas, los cacerolazos y el “que se vayan todos”—, es que la política vuelve cuando la gente se organiza alrededor de sus necesidades concretas. No alrededor de una identidad, sino alrededor del salario, la vivienda, la salud, la educación.
Por eso la ofensiva actual no es solo económica: es también simbólica. Porque saben que si el malestar material se traduce en conciencia colectiva, el plan se vuelve insostenible. Entonces hay que fragmentar, dividir, distraer.
La tarea, en consecuencia, no es enojarse con quien tiene razón enojado. Es dejar de creer que la solución es cultural. La solución es política. Y eso significa volver a discutir de verdad: quién decide, para quién se trabaja, y qué país queremos habitar. El resto es ruido.
Alejandro Iuliani es periodista, actor y director teatral; editor del diario digital El Tigre de Papel y director de Radio X, de Villa Constitución (Santa Fe), emisora integrante de Cadena Regional.
Imagen: EL PAÍS

