Romper el algoritmo y abrazar las contradicciones | por Alejandro Iuliani

Opinión

Vivimos atrapados en una paradoja. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a información, a conexiones, a posibilidades. Y sin embargo, nunca antes nos habíamos sentido tan vacíos, tan solos, tan ansiosos. El malestar de nuestra época no es una casualidad ni una colección de dramas personales. Es un síntoma colectivo, una consecuencia no deseada de un sistema que elimina la fricción, la duda, la contradicción. Nos convertimos en seres que navegan por la vida en piloto automático, siguiendo las rutas más eficientes que nos marca la pantalla, consumiendo solo lo que confirma nuestras creencias, relacionándonos sin compromiso. Dejamos de vivir. Solo reaccionamos.

El politólogo argentino Augusto Salvatto, en su libro «La Era del Malestar», nos ofrece un diagnóstico inquietante: estamos aprendiendo a comportarnos como algoritmos. Buscamos la vía más rápida, la opinión que no nos desafíe, la relación que no nos exija. Pero lo que ganamos en eficiencia lo perdemos en humanidad. Porque la vida, la auténtica, está hecha de roces, de ineficiencias, de contradicciones. Es en la incomodidad del disenso, en la lentitud de la duda, en la complejidad del otro, donde se forja lo que somos.

El problema es que construimos un entorno digital que nos devuelve constantemente nuestro propio reflejo. Los algoritmos nos encierran en cámaras de eco donde todo nos confirma, nada nos interpela. Pasamos de los “amigos” de Facebook a los “seguidores” de Instagram y, finalmente, al abismo de TikTok, donde ya ni siquiera hace falta seguir a nadie: el contenido llega solo, diseñado a nuestra medida, y nos atrapa en un scroll infinito que simula compañía mientras profundiza el aislamiento. Como bien señala Salvatto, cambiamos la comunidad por la aglomeración. Compartimos el transporte público, la oficina, la ciudad, pero cada uno va encerrado en su burbuja, en su lista de reproducción, en su verdad absoluta e incuestionable.

Y entonces llega el malestar. No como una falla personal, sino como una epidemia silenciosa de alcance global. El aumento del consumo de ansiolíticos, la depresión juvenil, la angustia generalizada no pueden explicarse solo por la pandemia o por las crisis económicas, por más reales que sean. Hay algo más profundo. Perdimos los fundamentos que daban sentido a la existencia. El trabajo, ese gran ordenador social del siglo XX, está fragmentado, precarizado, desdibujado. Las religiones y los grandes relatos colectivos fueron sustituidos por una espiritualidad light y de autoservicio. Y en ese vacío, el individualismo feroz nos susurra que la culpa es nuestra, que si estamos mal es porque no meditamos lo suficiente, no consumimos el fármaco adecuado, no nos esforzamos por ser felices.

Pero la felicidad, tal como la entendemos hoy, es una trampa. La confundimos con la euforia, con la excitación, con la imagen de la persona sonriente que aparece en las redes. Ocultamos la frustración porque no vende. Fingimos una felicidad de postal mientras por dentro nos carcome la ansiedad. Nos volvimos adictos a lo simple, a lo inmediato, a lo que no exige esfuerzo mental. Y en ese proceso, perdimos la capacidad de lidiar con la complejidad, que es donde realmente habita la vida.

Salvatto propone una salida: romper el algoritmo. No se trata de una consigna ingenua o de un llamado a desconectarse de la tecnología. Romper el algoritmo es, ante todo, un acto de rebeldía íntima y colectiva. Es abrazar lo que nos incomoda. Es buscar activamente la opinión del que piensa distinto, no para soportarla con tolerancia pasiva, sino para intercambiar, para arriesgar la propia certeza y enriquecerla con la del otro. Es recuperar la duda como herramienta, entender que en un mundo que nos vende respuestas prefabricadas, preguntar es un acto revolucionario.

Romper el algoritmo es también reconstruir comunidad. Aceptar que no hay realización individual sin vínculos fuertes, sin lazos que impliquen compromiso, fricción, entrega. El amor, la amistad, la política, no son mercancías que se consumen y se descartan cuando dejan de satisfacernos al instante. Son construcciones que requieren tiempo, proceso, vulnerabilidad. El resultado y el proceso son indisociables. Y hoy, obsesionados por el resultado, despreciamos el proceso y nos quedamos con las manos vacías.

Necesitamos, con urgencia, nuevos relatos. Narrativas que nos devuelvan la capacidad de imaginar futuros distintos, que nos saquen del presente perpetuo en el que estamos atrapados. Lamentablemente dejamos de creer que podemos transformar la realidad. Pero el malestar no es un destino. Es una señal de alarma. Nos está diciendo que algo fundamental se rompió en nuestra forma de vivir juntos.

La solución, si es que existe, no va a llegar con una aplicación nueva ni de una terapia individual mejorada. La solución vendrá de recuperar lo público, lo común, lo colectivo. De entender que la democracia no es solo un voto solitario cada dos años, sino la herramienta para gestionar el disenso y construir comunidades fuertes. De regular con inteligencia y ética unas tecnologías que hoy operan sin control, manipulando nuestras emociones y atomizando nuestra sociedad. De reivindicar la política como espacio de encuentro, no como mercado de eslóganes.

Romper el algoritmo es, en el fondo, un acto de fe en lo humano. En nuestra capacidad para soportar la complejidad, para habitar la contradicción, para construir sentido más allá de la eficiencia. Es aceptar que la vida, para ser plena, necesita roces. Necesita la lentitud de una conversación sin prisas, la profundidad de una amistad que se sostiene en el tiempo, la incomodidad de mirar a los ojos a quien no piensa como nosotros y descubrir que, en el fondo, compartimos el mismo miedo, la misma fragilidad, el mismo deseo de no estar solos.

El algoritmo nos promete un mundo a nuestra medida. Pero un mundo a nuestra medida es, inevitablemente, un mundo muy, muy chico. Salgamos de ese mundo diminuto. Atrevámonos a perder eficiencia para ganar humanidad. Rompamos el algoritmo y abracemos, de una vez, nuestras contradicciones.


Alejandro Iuliani es periodista, actor y director teatral; editor del diario digital El Tigre de Papel y director de Radio X, de Villa Constitución (Santa Fe), emisora integrante de Cadena Regional.