La falacia de la «educación por competencias» | por Alejandro Iuliani

Opinión

Desde la década de 1990, en Argentina se abraza con fervor la educación por competencias. Este modelo, con raíces en la psicología empresarial de David McClelland, se sustenta en una pregunta que parece de puro sentido común: “¿Para qué enseñar algo que nunca se va a usar?”. Su lógica, por lo tanto, es utilitaria y prospectiva: identifica problemas específicos del presente y del futuro inmediato, y diseña módulos de contenido destinados a su solución. En ese modelo, el objetivo no es la formación de la persona, sino la capacitación para una función.

Organismos internacionales como la OCDE impulsan este enfoque, respaldado por evaluaciones estandarizadas y un discurso de eficiencia económica que enmascara una profunda transformación: la pedagogía se subordina a la economía, y el ideal educativo se reduce a la productividad. La pregunta crucial queda entonces sin respuesta: ¿este sistema forma seres humanos íntegros o simplemente recursos humanos eficaces?

El núcleo del problema reside en una visión errónea de cómo conocemos. La educación por competencias opera bajo el supuesto de que el aprendizaje es una suma de partes aisladas, como un manual de montaje. Primero se adquiere la pieza de conocimiento “A”, luego la habilidad “B”, y finalmente se ensamblan para aplicar la competencia “C”. Este proceso, sin embargo, contradice la naturaleza holística de la comprensión humana. Nosotros no entendemos el mundo fragmentándolo, sino percibiendo configuraciones, totalidades significativas. Un médico, por ejemplo, no diagnostica sumando síntomas aislados; reconoce un cuadro clínico.

La educación verdadera es análoga: entrega al estudiante un material, una experiencia o un problema no del todo estructurado, y su tarea —la verdadera gesta intelectual— es transformarlo en un todo coherente en su propia mente. Es una revolución interna de resignificación. Rousseau apuntaba a esto al hablar de educar seres “abstractos”, es decir, dotados de principios, criterio y adaptabilidad para lo imprevisible. La competencia, al contrario, nos especializa para lo conocido y nos vuelve frágiles para lo nuevo. Nos hace eficientes en un algoritmo, pero inhábiles para pensar fuera de él.

Este reduccionismo convierte la educación en mera capacitación. Al priorizar lo mensurable —el resultado, el indicador, la solución predefinida—, sacrifica en el altar de la eficiencia lo esencial del proceso educativo: la reflexión, la duda creativa, la conexión de saberes. Los programas educativos se diseñan como un archipiélago de islas temáticas desconectadas, donde el estudiante salta de una “competencia” a otra sin construir los puentes necesarios. El esfuerzo cognitivo mayor, y el más formativo, no reside en memorizar un contenido aislado, sino en tejer relaciones, en integrar el saber de las humanidades con el de las ciencias, la teoría con la experiencia, el conocimiento heredado con la pregunta personal. Sin este principio integrador, el aprendizaje se convierte en un archivo de anécdotas sin vida, fácilmente olvidable porque carece de un armazón que le dé sentido y permanencia.

La confusión contemporánea entre datos, información y conocimiento agrava este problema. Vivimos en la primera revolución tecnológica que proclama que el saber reside en dispositivos externos. Pero el conocimiento no se almacena; se gesta en la conciencia, en la interfaz crítica entre el individuo y el mundo. Como advierte Sócrates, el exceso de información puede ser una forma de ignorancia: un “confuso estado de llenura” donde se asumen supuestos con certeza dogmática. Externalizar el conocimiento produce la ilusión de que todo ya está pensado, de que no queda nada por crear. Y cuando la educación renuncia a cultivar el criterio y la reflexión, abandonamos el terreno del saber vivo por el de los datos muertos y los errores glorificados.

En ese contexto, es urgente rescatar la educación como un acto de integración y no de fragmentación. Deberíamos ser capaces de diseñar principios que conecten el mundo con el conocimiento, que fomenten la transformación personal de lo aprendido. Porque enseñar no es dictar; es invitar a resignificar, a construir puentes entre lo conocido y lo por conocer. Solo así la educación cumple su verdadera función: no preparar para lo que suponemos que será la vida, sino para lo que la vida, en su impredecible grandeza, puede llegar a ser.


Alejandro Iuliani es periodista, actor y director teatral; editor del diario digital El Tigre de Papel y director de Radio X, de Villa Constitución (Santa Fe), emisora integrante de Cadena Regional.