Argentina y el gobierno de las pasiones tristes | por Alejandro Iuliani

Actualidad Opinión

Hay una sensación extendida —difusa pero persistente— de cansancio emocional en la sociedad argentina. No se trata solo de crisis económica, de incertidumbre política o de frustraciones acumuladas. Hay algo más profundo: una atmósfera afectiva que parece organizada para debilitarnos. Si uno toma prestadas algunas ideas del filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), podría decirse que hoy vivimos bajo el predominio de las pasiones tristes.

Spinoza llamaba “pasiones” a aquellos afectos que no gobernamos, que nos suceden, que nos afectan desde afuera. No son malas en sí mismas, pero pueden operar de dos maneras: aumentando o disminuyendo nuestra potencia de actuar. Las pasiones tristes —el miedo, la resignación, la envidia, el odio, la culpa— son aquellas que reducen esa potencia. Nos vuelven más pequeños de lo que podríamos ser. Nos separan de lo que somos capaces de pensar, de decir y de hacer.

Cuando la tristeza se vuelve estructural, deja de ser una emoción pasajera y pasa a ser una forma de organización social. Y eso es, quizás, lo más inquietante del presente argentino: la producción sistemática, casi industrial, de pasiones tristes. El miedo al futuro, la bronca permanente, la sensación de no entender nada, la desconfianza generalizada, el “no vale la pena”, el “todos son iguales”, el “ya está”. Todo eso no surge de la nada. Se construye, se reproduce y se naturaliza.

Para Spinoza, la tristeza no es solo un estado de ánimo: es una disminución real de nuestra capacidad de actuar. Un cuerpo triste se mueve menos; una mente triste piensa peor. Cuando estamos dominados por afectos tristes, no solo nos cuesta organizarnos colectivamente, también se empobrece nuestra capacidad de conocer. Pensamos en corto, reaccionamos en lugar de comprender, repetimos consignas ajenas en lugar de elaborar palabras propias.

Acá aparece un punto clave: si somos continuamente modificados por otros —por discursos, por pantallas, por climas emocionales— y no tenemos herramientas para discernir qué nos pasa, entonces tampoco podemos narrarlo. Perdemos el lenguaje. Y perder el lenguaje no es un detalle menor: es perder la posibilidad de transformar la experiencia en pensamiento.

Spinoza sostenía que comprender un afecto es, en parte, dejar de padecerlo. Nombrar lo que nos pasa no lo elimina mágicamente, pero lo vuelve pensable. Cuando las palabras se adormecen, cuando el lenguaje se vuelve puro reflejo de la indignación o del cinismo, la tristeza gana terreno. Y una sociedad afectivamente adormecida es una sociedad fácil de conducir, pero muy difícil de emancipar.

En este marco, la política argentina aparece profundamente atrofiada. No solo por errores de gestión o disputas de poder, sino porque quedó atrapada —en su conjunto— en la lógica de las pasiones tristes. El miedo como herramienta, la bronca como motor, la humillación del otro como estrategia. Nada de eso aumenta la potencia colectiva. Por el contrario, es un debilitamiento mutuo.

Spinoza pensaba la política como el arte de organizar los afectos de una comunidad. Una buena política no es la que moraliza ni la que castiga, sino la que produce condiciones para que las personas aumenten su potencia de vivir y de pensar. Cuando la política se limita a administrar tristezas, a explotarlas o a amplificarlas, deja de ser transformadora y se vuelve meramente reactiva.

Salir de este estado no es simple ni inmediato. No se trata de “ponerle onda” ni de negar los problemas reales. Se trata, más bien, de una tarea paciente y profundamente política: despertar los afectos, recuperar las palabras, reconstruir espacios donde pensar no sea un acto de resistencia solitaria. Volver a conectar con lo que podemos, como cuerpos y como pensamiento.

Spinoza no prometía felicidad garantizada, pero sí algo más modesto y más potente: la posibilidad de no vivir sometidos a afectos que nos disminuyen. Tal vez ese sea hoy un horizonte necesario para la Argentina: dejar de organizar la tristeza y empezar, al menos, a comprenderla. Porque en esa comprensión —decía Spinoza— comienza la libertad. Paradójicamente.


Alejandro Iuliani es periodista, actor y director teatral; editor del diario digital El Tigre de Papel y director de Radio X, de Villa Constitución (Santa Fe), emisora integrante de Cadena Regional.

Fotografía de Alejandro Pohlenz