Entre la multitud: cuando una mujer se vuelve nítida, detrás hay miles sosteniéndola

Actualidad Opinión

En un mundo que muchas veces las desenfoca, la historia de cada mujer que se anima a hablar, a liderar o a ocupar un lugar protagónico está atravesada por una red invisible de otras mujeres que la sostienen. La sororidad como motor de los cambios colectivos.

Hay imágenes que no necesitan explicación porque hablan por sí solas. Una mujer nítida en medio de una muchedumbre desenfocada. Ella se distingue, se recorta, aparece. El resto es un fondo difuso, un colectivo que a primera vista parece anónimo. Pero si uno mira con atención, esa nitidez no es un mérito individual: es el resultado de una red que la sostiene. Detrás de cada mujer que se anima a ocupar un lugar protagónico hay otras que la empujaron, que le sostuvieron la espalda, que le dijeron que podía. En eso consiste la sororidad: en la certeza de que ninguna se salva sola.

La historia del movimiento de mujeres está llena de ejemplos de esa fuerza colectiva. Cuando las Madres de Plaza de Mayo comenzaron a caminar alrededor de la Pirámide, lo hicieron juntas porque sabían que solas no las iban a escuchar. Cuando las trabajadoras textiles reclamaron por sus derechos, lo hicieron organizadas. Cuando las jóvenes salieron a las calles con pañuelos verdes, no fueron una por una: fueron todas. Cada conquista de las mujeres —el voto, la ley de cupo, la ley de violencia de género, la ley de interrupción voluntaria del embarazo— fue el resultado de una multitud que se puso de pie y caminó junta. Y en cada una de esas luchas, hubo mujeres que se volvieron visibles, que se convirtieron en referentes, pero nunca estuvieron solas.

Por otra parte, la imagen de la mujer nítida en medio de la multitud desenfocada también invita a una lectura incómoda. Porque si una se vuelve nítida, ¿qué pasa con las demás? ¿Cuántas mujeres siguen siendo parte de ese fondo difuso, invisibilizadas por un sistema que no las reconoce? La respuesta está en la propia dinámica de la sororidad: cuando una mujer avanza, no avanza sola. Su logro es el de todas. Y su visibilidad es una invitación a que las demás también se animen a ocupar su lugar.

Esa red se teje todos los días. En las comisiones vecinales, en los clubes, en las escuelas, en los centros de salud, en las organizaciones sociales. Mujeres que sostienen la vida comunitaria con un trabajo muchas veces invisible, pero fundamental. Mujeres que se organizan para ayudar a otras, que se acompañan en las dificultades, que celebran los logros ajenos como propios. Esa es la sororidad que no sale en algunos medios pero que sostiene la trama social.

El desafío de seguir tejiendo

El feminismo popular lo dice de muchas maneras: “somos porque fuimos, seremos porque somos”. La frase resume la idea de que la lucha de las mujeres es una cadena que viene de lejos y que sigue hacia adelante. Cada generación recibe el legado de las que lucharon antes y tiene la responsabilidad de sostener a las que vienen. La imagen de la mujer nítida en la multitud es, en el fondo, una imagen de esperanza: la de una sociedad en la que todas puedan brillar con luz propia, sin que nadie quede en el fondo desenfocado.

Mientras tanto, la tarea sigue siendo la misma: estar cerca, acompañar, sostener. Que cada mujer que se anime a dar un paso adelante sepa que hay otras mirándola con orgullo, listas para sostenerla si se tambalea. Porque la verdadera revolución no es la de una mujer que se vuelve nítida, sino la de todas las que, juntas, se animan a brillar.