CORREO DE LECTORES | Hoy nos escribe: Fernanda Del Carlo
Hace como un millón de años me estudié el libro completo de Santiago Lischetti para participar en un concurso de preguntas y respuestas sobre la historia de Villa Constitución … exactamente para las Jornadas para la Juventud de finales de los 80.
Fue gracias a él que entendí de alguna manera porque existía el camino de las piedras (al que solía asistir bastante seguido … cada vez que me hacía la rata o me aburría de una clase) y algunos otros datos de Villa que este señor se había puesto a escribir sobre -seguramente- una ciudad que amaba.
Mi promoción fue hija de la Democracia, estábamos en tercer año cuando ganó Alfonsín, veníamos de una guerra innecesaria y escuchábamos mucho Rock Nacional.
Esa fue parte de mi adolescencia, mucho río, rebeldía por la escuela, tristeza por Malvinas, trasnoches bolicheras, danza y una noción sobre la historia de mi ciudad ( que la construí de casualidad leyendo un libro local bastante largo), pero a mí me gustaba participar en todo y me la banqué, leer y estudiar era el precio.
Luego me fui a vivir a Rosario y me empezaron a gustar mucho sus museos, visitarlos, involucrarme.
Pero volviendo a Villa, no recuerdo cuando fue la primera vez que visité el Museo local que justamente se llamaba Santiago Lischetti.
Lo que sí recuerdo es una vitrina con un yacaré embalsamado, algunos objetos especiales y ese piso rojo que siempre estaba brilloso.
Entre los objetos especiales, estaban las fotos de Piccinini el Día del Villazo y eran mi manera de volver a la infancia y ponerme tranquila a pensar, porque con mi familia vivíamos en la esquina de Moreno e Irigoyen (alto punto de agite), situación (se imaginarán) bastante difícil de procesar para una niña de cinco años que necesitó tiempo para digerir un caos al que no podía ponerle palabras.
Después más adulta, vinieron las expediciones arqueológicas a las Islas Lechiguanas y al Sanjón de los Negros y traje a una amiga que a pocas horas de viajar a Dinamarca se puso a prospectar la zona y con algunos resultados estimativos, donamos todo el material arqueológico de nuestros alfareros plásticos al museo local, porque no cabía ninguna duda que este patrimonio se tenía que quedar acá.
Cruzábamos a la isla en piragua en pleno invierno y a veces en un velero llamado Corto Maltés … cabe señalar que a los tiestos cerámicos los cuidábamos como oro y llegaban impecables (a pesar de las sudestadas y de las heladas que nos sorprendían en las madrugadas del campamento).
También hicimos muestras fotográficas itinerantes en distintos barrios para los aniversarios de Villa, con la propuesta de sacar el museo a la calle y compartir historias con los vecinos ( recuerdo una en especial, una especie de homenaje a las trabajadoras de Cilsa que montamos en el Club Sacachispas).
Y en todo este relato no puedo dejar de mencionar a Silvana López. Gracias Silvana por tu generosidad.
Después no sé realmente que sucedió, pero la realidad es que el Museo está cerrado desde el año 2020, es decir hace seis años que carece de personal a cargo, a pesar de contar con empleados idóneos y formados en la materia y que bien se sabe de su insistencia por solucionar esta problemática, dejando a las claras las prioridades de esta gestión, ya sea por desinterés, ignorancia, inoperancia o simplemente por reducir la cultura a un fenómeno masivo, autobombista y festivalero (y que quede claro, menos lo autobombista… activar lo masivo, los festivales, la Playa y otros espacios públicos está muy bien, pero eso solo, no es gestión cultural democrática porque apunta a un solo tipo de público y voy a insistir… la gestión cultural no es para el público, es para los ciudadanos todos).
Pero volvamos al punto, Villa Constitución hoy no tiene un museo y el edificio se encuentra en total estado de abandono, tal vez las autoridades que deberían ocuparse no llegan a dimensionar que la Cultura (como dice Geerz) no es más que esa trama de significados compartidos por una sociedad y que la misma puede ser entendida y tomada como un texto para ser leída … o acaso no es un museo como un libro abierto sobre la historia de una sociedad que busca reafirmar su sentido de pertenencia?
Villa Constitución, es multifacética, pasás por una obra en construcción y escuchás hablar en guaraní, vas a un negocio y te resuena una tonada entrerriana porque a la provincia vecina solo la separa un río, hay gente de la metalurgia, de la isla, de los barcos extranjeros, es sede del Pre Cosquín y en Diciembre se llena de artistas, hay escultores, escritores y un Juicio por la causa el Villazo con un desenlace injusto con los históricos a los que cruzamos por la calle, al igual que los héroes de Malvinas… y podría seguir nombrando razones para poder poner en valor “gentes e historias” en un museo, me pregunto a dónde van a ir a parar todas estas versiones que hacen a nuestra cultura e identidad sin un registro institucional que diga esto pasa y esto pasó en Villa, esto fuimos y esto somos…
Después podríamos discutir el modo, si es que hacemos de un museo el culto al objeto o si es que hacemos de un museo un territorio interactivo que narre secuencias temporales de una historia viva.
(Y obvio que doy por sentado que hoy en día, nadie es tan acotadito sobre las actuales modalidades de los museos como para elegir la primera opción. Pero esto es para otra discusión)
La verdad es que no tengo ni la menor idea cuáles serían las aspiraciones de Lischetti para con su legado y los villenses.
Tampoco tengo la menor idea que pasaría si resucita y ve la manera en que las políticas públicas y sus voluntades eligen y descartan arbitrariamente qué es lo que se instala en el relato oficial como cultura – identidad- patrimonio de una ciudad.
Pero bueno … lamentablemente esto es lo que hay, un edificio en ruinas que lleva su nombre y en donde los objetos que fueron donados de buena fe por los villenses han perdido su entidad de patrimonio… triste, muy triste, tan triste, autoritario y peligroso como los relatos de ultraderecha que buscan recortar áreas importantes ligadas… paradójicamente… a la cultura.
Para terminar diría que esta carta está escrita por una ciudadana a la memoria de un historiador de los de antes (con todo lo que eso implica), en el aniversario número 168 de su ciudad (vuelvo a repetir) … a la que debe haber querido mucho y tiene un edificio olvidado que lleva su nombre y que durante años fue visitado por muchos niños de guardapolvo blanco.
Por eso como reflexión final solo quiero agregar que en tiempos donde la organización, la grupalidad, el sentido de comunidad y el rol del Estado se atacan permanentemente… necesitamos más que nunca un espejo que reafirme quienes somos, un lugar de encuentro, algo así como una trinchera de la resistencia, porque a pese a quien le pese …
“Lo viejo funciona” (El Eternauta)
Héctor Germán Oesterheld

