“El juego del calamar”, la serie del momento en Netflix

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La producción del surcoreano Hwang Dong-hyuk es la primera realización asiática en llegar al Número Uno de la plataforma, y va en camino a superar a todas las demás producciones en idioma no inglés. ¿Cuál es el secreto?

El juego del calamar (“Squid Game”) es una serie surcoreana que está cautivando al público de todo el mundo convirtiéndose en la propuesta número uno de Netflix. Nos presenta a un grupo de personas que tienen algo en común: todos tienen problemas económicos. De esta manera, serán invitados a participar de un misterioso juego, el cual los va a ayudar a salir de la miseria y desgracia si ganan el premio final. Pero para obtenerlo, tendrán que enfrentarse en diferentes juegos infantiles, los cuales podrían terminar con su vida definitivamente.

Como señaló el crítico de cine Eduardo Fabregat en Página/12, la idea nos es precisamente nueva. “En 1999, el escritor japonés Koushun Takami pateó el tablero -literalmente- con Battle Royale, novela en la que un grupo de estudiantes eran enrolados a la fuerza por un gobierno totalitario para matarse en una isla, en competencia sin piedad. Al director Kinji Fokasaku le llevó poco más de un año llevar la historia a la pantalla y producir una conmoción similar a la del libro. Entre las muchas “inspiraciones” que desató la historia, la escritora Suzanne Collins primero y Hollywood después extrajeron hasta la última gota con Los juegos del hambre. Películas como Hostel, El juego del miedo o Como Dios quiera, de Takashi Miike, se valieron de premisas similares: el sálvese quien pueda llevado a los últimos extremos”.

Según señala el especialista, la clave está en que los siete personajes principales de los nueve episodios son “perdedores irredentos, arrinconados por el capitalismo salvaje y sus propias, pésimas decisiones”. “Aquí no hay un gobierno fascista, una figura política odiable como el Presidente Snow de Donald Sutherland: todo es más elusivo, tan elusivo como los rostros de grandes corporaciones, y quizás -no conviene revelar nada- apenas un juego similar a la caza mayor para millonarios aburridos”, explica Fabregat.

Seong Gi-hun es el prototipo del hombre expulsado del sistema de la luminosa Seúl, un chofer con deudas de juego a punto de perder a su hija; pero Cho Sang-woo, el que todos creen su contracara, el financista exitoso, es al cabo un émulo de Bernie Maddoff, unestafador de cuello blanco cuyo escenario se cae a pedazos. Abdul Ali es un pakistaní explotado en tierra oriental; Kang Sae-byeok, una desertora norcoreana; Jang Deok-su, un gangster venido a menos y con un precio en su cabeza por traicionar a quien no se debe. Y hay más.

Según Fabregat, esos seres arrinconados son los que producen la empatía que se traduce en el éxito de la serie. “Difícilmente el espectador se encuentre en una situación similar -¿un viernes a la noche con Netflix en el sillón?- pero nadie está exento de deudas, angustias y la espada de Damocles de un mundo descompuesto. Y el exceso de la propuesta tiene su atracción: en el primer juego, un simplísimo “Semáforo verde, semáforo rojo” que en la Argentina se conocía allá lejos y hace tiempo como “Cigarrillo 43”, los perdedores reciben un balazo y adiós. Y el asunto solo está empezando”.

Con respecto a las “influencias” de la serie, el periodista menciona que “el siniestro juego se desarrolla en una isla, como Battle Royale. Y como en la historia de Takami, a los concursantes los duermen con gas. El primer juego también aparece en la película de Miike. El traje rojo de los guardias lleva a pensar en La Casa de Papel, y los signos de las máscaras sugieren una PlayStation endemoniada. La tallada faz negra del enmascarado principal destila la malevolencia de un Darth Vader, y su regodeo en el juego es el mismo de Coriolanus Snow. Pero entre todas esas referencias cruzadas, curiosamente, El juego del calamar consigue un brillo propio, una humanidad en sus personajes que Katniss Everdeen pierde al convertirse en superheroína. Humanidad en su desesperación y su desamparo, humanidad en su ambivalencia hacia el certamen y lo que pone en juego. Y humanidad, sobre todo, en el juego de traiciones, puñaladas traperas que aparecen de manera inevitable”.

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